Clase de Yoga
Por Julieta García González
Estaban los alumnos en la posición del perro mirando hacia abajo cuando llegó la principiante acarreando una ráfaga de aire frío. Tarde, una vez más. Por eso no hacía amistad con esas personas disciplinadas y silenciosas: su estilo era menos sosegado, expansivo. Entró, como siempre, con ganas de ser notada, pero no hubo mucha respuesta. Alguno que otro balanceó la cadera, descuadrándola de la posición, pero la mayoría siguió firme, con la frente al suelo y las nalgas apuntando al cielo (el sacro haciéndose camino con dirección al pubis).
Era tal vez la tercera o cuarta clase de la principiante y en todo se le notaba: en el cuidadoso arreglo de su peinado, en lo nuevo de su atuendo, en lo suaves que parecía tener las plantas de los pies y, sobre todo, en la expresión de angustia que la transportaba cada vez que se le exigía una asana más o menos complicada.
En el salón había de todo: un anciano que se doblaba con sorprendente agilidad, llevándose los pies a la cabeza a la menor provocación; una chica que gemía, como en un trance orgásmico, cada dos o tres respiraciones; un par de jóvenes muy atléticos que carecían de flexibilidad, pero que estaban llenos de fuerza y energía y bufaban como si la clase fuera un entrenamiento olímpico. Etcétera. Pero ninguno olía a perfume como la principiante; ni les escurrían delgadísimas pulseras de oro tintineante por las muñecas y jamás se había visto en esa clase a otra alumna con un maquillaje tan correctamente aplicado como el suyo.
El profesor era simpático, guapo y flotaba por el salón con la certeza de ser deseable. Modulaba apenas la voz porque no había que subir el tono en ese sitio: se perturbaría la paz que buscaban, se alteraría la tranquilidad del Buda que reposaba sentado, iluminado por unas velas, en la esquina más oscura de la habitación. Así que iba y venía dando instrucciones casi en silencio: prefería aplicar su energía en dirigir con sus manos las líneas de quienes no se doblaban adecuadamente cuando había que hacerlo.
Para casi todos estaba claro que la principiante no duraría mucho tiempo ahí, pero nadie sabía bien por qué. Tenía un cuerpo bonito, bien formado, y parecía preocupada por mantener íntegras sus uñas largas y nacaradas. Era evidente que disfrutaba las manos del profesor sobre su cuerpo, tocándola para corregirle la postura, porque sonreía, se agitaba un poco y hasta se ruborizaba. Para él era lícito tocar a todos en ese salón, le estaba permitido meter las manos bajo las arcas, abrir las piernas de los alumnos desde su base, tomar entre sus dedos otros tal vez delgados, tal vez sudorosos. Podía ser que no sintiera por ella especial atracción, sino un poco de tedio, porque la miraba con condescendencia y no atendía a sus quejas con la presteza que ella suplicaba.
Ese día en que la principiante llegó tarde por última vez, se quitó la sudadera y los calcetines con prisas, sacudió sus brazos para consolarse con la refulgencia de sus pulseras, extendió su tapete en el suelo y elevó las caderas, bajó los pechos y subió las nalgas, el salón estaba cargado de oscuras premoniciones. Una de las alumnas más avanzadas –que lograba mantenerse firme en la postura del tercer guerrero sin sudar, sin el menor aspaviento– habló de los sueños densos que habían llenado su noche justo ahí, a la mitad de una clase en la que la exigencia de las posiciones obligaba al silencio. Uno de los más avezados alumnos dio con la frente en el suelo, como si lo hubieran levantado de los pies, cuando se inclinaba para hacer algo muy sencillo; otro más comenzó a sangrar por la nariz sin sentirlo cuando miró, en una distracción evidente del trabajo físico que estaba realizando, los pies muy delicados de la principiante, salpicándose de rojo la playera (ya un poquito sucia). Pero estaban apenas en la primera media hora de sesión y nada muy grave sucedía. Eran, por entonces, la pequeña suma de unas coincidencias desafortunadas.
El primer signo de que no habría vuelta atrás, de que nada llegaría a buen término en esa clase, vino cuando estaban haciendo la postura de la montaña: tadasana. Erguidos, con el cuello muy estirado, los hombros hacia abajo, el abdomen contraído, los pies fijos en el piso, los alumnos intentaban alcanzar el cielo con su coronilla. Eran, se les dijo, montañas nevadas: su fontanela era una cima que deseaba alcanzar las nubes, el resto de su cuerpo era sólido, de roca, una mole inmensa e inamovible. El esfuerzo por mantenerse en esa postura obligó a todos a sudores y quejas, salvo a la principiante que notó –con un gesto de vaga preocupación en la cara– que algo surgía de su entrepierna y caía al suelo. Salieron de la postura y la principiante sacudió los pies discretamente. Un puñado de tierra molida le hizo cosquillas entre los dedos; también en sus muslos había rastros de un polvo fino, color crema. Se sacudió desconcertada y miró al techo en busca de una razón para aquello, pero no encontró nada.
La clase siguió sin que los demás se dieran cuenta del montoncito de tierra que la principiante, con un tímido pie, había puesto a un lado de su tapete. Con ese profesor, las posturas venían una detrás de la otra, sin darle tregua al cuerpo sometido a tanto doblez. La principiante tenía, eso sí, empeño en comportarse como el resto. Cuando se le exigió nuevamente elevar el trasero –las caderas giradas en retroversión, los brazos muy estirados, los omóplatos extendidos y el esternón abierto– en la postura del perro mirando hacia abajo, logró apenas sostenerse unos segundos ahí antes de derrumbarse con un gemido: a sus pies descalzos les habían salido unos pelos ralos y tiesos, sus uñas se habían vuelto negras y delgadísimas en las puntas. Se llevó instintivamente una mano al trasero y notó la protuberancia que empezaba a formársele justo en el cóccix.
El profesor se acercó a ella preocupado, pero la principiante encogió las piernas con vergüenza, ocultó los pies y se disculpó diciendo que no podía seguir más con esa posición porque le dolía la espalda. Meneando la cabeza y recomendándole que hiciera el esfuerzo sin lastimarse, el profesor se retiró hasta el centro del salón y marcó otra asana para que la hicieran. Nuevamente la montaña. La principiante corrió a ponerse calcetines y regresó a su sitio. Inhaló una, dos veces, antes de sentir un ligero derrumbe en su hombro izquierdo. Miró hacia abajo con angustia para confirmar que sí, que ahí había un par de piedras chiquitas y otro poco de tierra pulverizada. Suspiró aliviada cuando les pidieron sentarse, pero ya no estaba segura de querer seguir en ese lugar.
El profesor ejemplificó entonces el pez. Había que recostarse bocarriba, juntar las plantas de los pies, arquear la columna y detener el peso en la coronilla. Lo mostró dos veces haciendo énfasis en no descuidar las vértebras lumbares y en mantener unidos al suelo los tobillos. La principiante, llena de dudas y temores, se quedó tendida sobre su tapete sin animarse a nada. En uno de sus paseos regulares por el salón, el profesor la miró fijamente y le preguntó si se sentía bien. Sí, perfectamente, dijo ella, muy incómoda con el bulto que le crecía en el trasero y un poco adolorida de los talones para abajo. ¿Entonces?, el profesor parecía molesto. Y ella, sin atreverse a llevarle la contra, puso planta contra planta, arqueó la espalda, elevó el pecho y se apoyó en la coronilla. Todo lo veía de cabeza y sintió que también cambiaba su percepción. Un cosquilleo inusual en su piel la obligó a enderezarse y suprimió un grito cuando constató su sospecha. Su epidermis estaba saturada de pequeñas escamas iridiscentes que brillaban bajo la luz artificial y tenían hermosos destellos cuando la flama de la vela encendida en un rincón se agitaba.
Miró sus brazos con desasosiego y lloró un poco sin hacer muchos aspavientos. Ahora la cosa estaba muy complicada. No quería irse porque salir así a la calle le parecía una locura. Tenía miedo de permanecer ahí porque se sentiría obligada a seguir realizando asanas y no sabía en qué podía terminar todo aquello.
El profesor volvió al centro y con su voz suave y armoniosa les ofreció las instrucciones para realizar el cuervo. Era una postura complicada, la principiante había intentado hacerla sin ningún éxito en anteriores ocasiones. Como sentía que no la dominaba en lo absoluto, perdió un poco el miedo. Seguramente nada le pasaría si no lograba realizarla cabalmente. Pero el profesor insistió en que hicieran un trabajo de parejas, así se ayudarían mutuamente y entenderían dónde estaban sus fortalezas y sus debilidades. Una chica muy flexible y guapa se paró junto a la principiante y le sonrió. Trabajarían juntas. Lo hizo primero la chica y la principiante trató de hacer sombra con su cuerpo todo el tiempo para evitar preguntas en torno a los brillos de sus escamas nuevas. Vino su turno y asumió el riesgo con mucho nerviosismo. Puso las palmas extendidas (las muñecas justo bajo la línea de los hombros), dobló las rodillas y las colocó sobre los brazos. Luego se inclinó hacia el frente, con la barbilla elevada, un poco, un poco, un poco más. Para su sorpresa, logró mantener el equilibrio. Un graznido salió de su garganta en vez de la exclamación de alegría que había pronunciado. Su compañera respingó, se paró y señaló con gritos las plumas negras y sedosas que crecían tras los omóplatos de la principiante.
El grupo entero se detuvo en seco. Hubo un silencio que provenía de la incredulidad y el miedo, una oleada de sorpresa y el pasmo generalizado que los dejó a todos ahí, rodeándola, admirando sus alas, sus escamas, su incipiente cola, los breves cúmulos de rocas que había en sus clavículas. Todos los rostros estaban dirigidos hacia ese cuerpo que parecía suspendido en el aire, pero nadie decía nada. No había uno solo entre ellos que se atreviera a tocar la figura frágil de la principiante, que los miraba con cara de angustia, sin atreverse a hablar por miedo a que de sus labio endurecidos saliera otro graznido tan desgarrador como el primero.
La situación exigía una solución rápida y el menor de los alborotos. Había que actuar de una vez y por todas resolviéndole el problema a esa mujer y obligando a una realidad que parecía escabullirse de la habitación a que volviera y se instalara definitivamente ahí. ¿Pero cómo lograrlo?, ninguno se atrevió a proponer nada. Uno de ellos, en cambio, señaló el reloj: el tiempo pasaba, no faltaba mucho para que los alumnos de la siguiente clase entraran al salón y entonces, ¿qué harían? Empezaron a hablar impulsados por la prisa y por el miedo a verse implicados en algo así de inconveniente. La chica seguía en la misma posición pero no parecía sufrir. Unos propusieron llamar a una ambulancia. Aunque era una propuesta sensata, tampoco sabían muy bien qué podrían decirle a los médicos y se creyeron culpables de algo que los eludía. Descartaron la ambulancia y, de paso, la presencia de bomberos o policía. Uno de ellos sugirió que se buscara a los familiares de la muchacha para que se hicieran cargo, para que fueran los parientes y no ellos quienes asumieran responsabilidades en el caso. Pero la chica se negó a hablar, meneó con la cabeza y frunció el ceño. Tampoco les dio ninguna indicación para que pudieran encontrar en su cartera o en alguna prenda información que los ayudara.
Después de un rato de sesudas ponderaciones el profesor dio un paso hacia atrás y agitó la cabeza, como sacudido por un rayo de esperanza y cordura. Ya sé, dijo muy sonriente, vamos a cambiarle la posición. Hay que buscar una forma de volverla humana de nueva cuenta. Había más plumas en el cuerpo de la chica que cuando su compañera la apuntara con un dedo.
Aparentemente le crecían más y más conforme permanecía en la posición del cuervo. Y pensar, dijo el profesor con alivio, que íbamos a hacer el escorpión unos minutos después del cuervo. Todos rodearon el cuerpo y le ayudaron al profesor a bajar las rodillas de los brazos y a recomponer la figura de la principiante.
Si la dejamos en el piso puede sucederle cualquier cosa, sugirió uno. Mejor vamos a pensar, antes de soltarla, qué posición adoptará.
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