Cursos de Yoga

Clase de Yoga (parte II)

Por Julieta García González

El profesor no permitió que el miedo colectivo le nublara el pensamiento. Segundo guerrero, dijo con voz firme, y asintió con la cabeza igual que si hubiera hablado frente a un gran público. Los alumnos lo miraron con seriedad y se dedicaron a la tarea de acomodar un pie en el suelo abierto a noventa grados, otro a cuarenta y cinco, la cadera nivelada, los brazos extendidos a la altura de los hombros, una rodilla flexionada, el cuerpo lanzado en esa dirección. La chica estaba dura como una piedra o, mejor, como un trozo de cuero viejo o de cartón. Se estiraba hasta cierto punto y luego parecía que toda ella cedería a la presión. Los alumnos pusieron su más grande empeño en acomodarla bien sin lastimarla. Ella pareció respirar finalmente cuando se encontró en la posición.

Muy bien, dijo el profesor, todos a esa postura. Vamos a ver si así la ayudamos. Por aquí y por allá se escucharon pasos rápidos y respiraciones agitadas. Comenzaron a emular a un guerrero, con los brazos muy firmes y el rostro de perfil. Miraban de reojo a la principiante, colocada al frente del salón. Utilicen una respiración amplia, profunda, dijo el profesor, y la clase entera se elevó con el pecho lleno de aire y luego hubo una exhalación colectiva que saturó la habitación con una vaga esperanza. La chica también logró estas respiraciones y sonrió. No se animaba a hablar todavía porque sentía que sus labios seguían duros y como fijos en un lugar; tampoco quería moverse mucho, sacudirse con una victoria anticipada, porque todavía relumbraban en sus brazos las escamas y los pies le dolían, pero se sentía más o menos segura de librar los últimos minutos.

Sostuvieron la posición unos momentos que a todos les parecieron eternos. El profesor estaba a punto de dar por terminada la clase, antes de tiempo, con la firme intención de que la chica se fuera a su casa rápidamente y no volviera, cuando reparó en la armadura que había crecido en torno al cuerpo de la principiante. No era metálica, ni muy eficaz, más bien se veía incómoda y abultada, pero era sin lugar a dudas una armadura. Caminó hasta ella y miró su expresión feroz, su gesto adusto y sus ojos salvajes; la chica no había perdido los otros rasgos –labios endurecidos, escamas, plumas, cola incipiente, pies con forma extraña dentro de los calcetines, terruños–, pero tenía acentuado éste. Daba miedo.

No, no, no, dijo el profesor, esto no puede ser. ¿Qué hacemos? Los estudiantes estaban conscientes de que algo tenían que hacer; sabían que no podían dejar así a la chica, pero ya no se les ocurría qué más podía volverla a como estaba al principio o, al menos, qué podía impedir que se siguiera modificando de forma tan brutal. Todos meditaron en silencio, desesperados, sobándose la cabeza o rascándose los brazos, pero por más que pensaban nada llegaba a sus cerebros confundidos hasta que uno de ellos dijo, Qué tal que hacemos la relajación profunda. Así, a esta chica se le olvidarán los animales y los guerreros y todas esas cosas. Será otra vez ella, será su cuerpo nuevamente.

El profesor lo meditó unos instantes con preocupación antes de calificar la propuesta de genial idea y dispuso la habitación para que todos se relajaran, porque buena falta les hacía. Tuvo sus reparos, porque finalmente se trataba de la posición del cadáver, pero supuso que, si lo hacía todo rápido y la despertaba antes de que finalizara la relajación, la chica volvería a su estado natural; posiblemente estaría débil y semidesmayada, aunque valía la pena intentarlo. Apagó las luces principales, encendió una varita de incienso, prendió otra veladora (una morada) e inhaló profundamente.

Ahora sí, dijo, vamos a relajarnos. En nuestra mente no hay nada (más que nosotros), sentimos nuestro cuerpo y sentimos cómo se relaja. Se relajan las manos y los dedos, se relajan los pies. Antes de seguir las instrucciones, tres alumnos habían recostado a la chica que era, para esas alturas, una especie de maniquí, rígido y colorido; las pulseritas tintinearon en su brazo. No resultaba fácil concentrarse en la relajación. Todos estaban al pendiente de la principiante y la miraban de reojo, así que el profesor decidió poner un poco de música con mantras para que se olvidaran de ella y se concentraran en lo que él decía.

Nos olvidamos de todo, dijo con voz monótona y ronca, y pensamos nada más en nuestro cuerpo. Lo sentimos relajado, flojito, liberado de todas las posiciones que hicimos. Inhalamos, exhalamos, inhalamos, exhalamos, con una respiración amplia y consciente. Nuestra mente está en blanco; inhalamos, exhalamos, inhalamos. Sáquenlo todo por la boca.

Haciendo como que no la veía mucho, el profesor clavó su mirada nuevamente en la chica y notó con alivio que la armadura estaba tendida a un lado, como abandonada, y que su cuerpo se veía mucho menos tenso. Vio que su pecho abultado subía y bajaba con una respiración suave y se sintió reconfortado. Ahora vamos a aflojar cada parte de nuestro cuerpo y a olvidarnos de todo lo demás. Aflojamos muy bien los pies, los dedos de los pies, los tobillos.

Seguimos con las piernas: pantorrillas, rótulas, muslos. Todo eso está flojo, como ajeno a nosotros, no nos pertenece más. Subimos suavemente hasta las caderas, el pubis, los genitales. Vamos poco a poco a las costillas. Relajamos los órganos internos: el intestino, el páncreas, los riñones, el estómago. Subimos, lentamente, al esternón. Inhalen, exhalen. Relajen el corazón, los pulmones, la garganta, la lengua. Sientan cómo sus dientes se relajan, sus mandíbulas, sus orejas, su cerebro. Sientan el interior de sus ojos y relájenlos. Inhalen, exhalen. Relajamos ahora los oídos, la piel cabelluda, los labios, las mejillas. Todo está suelto, todo está relajado. Inhalen, exhalen. Poco a poco vamos a salir de la relajación, moviéndonos despacito. Giren al lado derecho, encojan las piernas y los brazos.

La voz del profesor era suave, monótona, rítmica. Los mantras sonaban al fondo y el aroma a jazmines del incienso llenaba el cuarto. Todos parecían haberse olvidado de la chica, de sus escamas y de sus plumas. Una sonrisa de felicidad extasiada apareció en dos o tres rostros. El profesor encendió una lámpara primero, luego la otra. Siéntense por el lado derecho, suavemente, pidió, y luego se inclinó para ver si la chica obedecía a sus órdenes. El grupo se movía más o menos al mismo tiempo, así que le costó trabajo distinguir la figura que estaba del otro lado del salón. Unos empezaron una plática, otros bostezaron ruidosamente. Nadie parecía recordar a la principiante más que el profesor. Con pasos lentos se acercó hasta ella y justo entonces se hizo otra vez un silencio helado que los rozó a todos. En el suelo, entre escamas y cola y plumas y una armadura de tela basta, estaban los miembros dispersos de la chica: las piernas separadas del tronco, el intestino a un lado de las costillas, los ojos botados, los dedos arrumbados a un lado de la clavícula, empolvados; la lengua entre el pelo, los dientes en un puñado junto a una oreja, los genitales palpitantes, cerca de un pie, y los brazos frágiles, con los codos doblados, en los que brillaron, por algunos segundos antes de desvanecerse, unas pulseritas de oro.

*Julieta García González (México, 1970) es editora, narradora y articulista. Es autora de la novela Vapor (Joaquín Mortiz, 2004) y del libro de cuentos Las malas costumbres (Fondo de Cultura Económica, Letras Mexicanas, 2005). Ha sido becaria del Centro Mexicano de Escritores y del FONCA, además de escritora residente de la Jiménez-Porter Writers’ House de la Universidad de Maryland. Ha colaborado con artículos, ensayos y cuentos en más de treinta medios impresos de distintos países. Su trabajo ha sido incluido en más de diez antologías literarias.

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