El Origen de la Meditación Budista
Hace unos 2,500 años en el norte de la India, cuando aún no existía una religión denominada budismo, vivió un hombre muy despierto llamado Siddhatta Gotama. Se cuenta que cuando aún no cumplía los 30 años de edad había surgido en él una pregunta que cada vez le inquietaba más: ¿porqué la vida de los seres humanos parecía estar irremediablemente impregnada por la angustia?
Aunque Siddhatta tenía todos los lujos de un hogar acomodado de su época, no hacía falta más que dirigir una mirada honesta a su propia vida para comprobarlo. Además, era claro que se trataba de un tema común: todas las personas parecían estar enfrascadas en una lucha constante por encontrar satisfacción y felicidad duraderas justo donde no era posible hallarlas. Algunas las buscaban en una relación con alguien, otras en poseer bienes materiales, en tener experiencias placenteras, o apegarse a puntos de vista. Pero en todos los casos, tarde o temprano aparecía el sello de la impermanencia: el cambio implacable se llevaba lo que todos deseaban que fuera una experiencia estable y continua, trayendo la insatisfacción como un conocido e indeseable huésped.
La transitoriedad era parte de todo: las personas dejaban de ser lo que eran, se enfermaban o morían; las posesiones se deterioraban, se perdían o dejaban de brindar satisfacción; los puntos de vista no tenían sentido al cambiar las circunstancias; y el encanto de las experiencias placenteras más temprano que tarde se desgastaba y éstas se volvían insípidas o desagradables. Incluso cuando parecía que por fin uno había logrado poseer algo que le traería felicidad, no era posible ignorar que proyectaba una sombra constante: la posibilidad de perderlo.
Convencido de que tenía que haber una salida a este dilema, Siddhatta decidió dejar su hogar y dedicarse de lleno a encontrarla. En aquel entonces, esa región de la India era un caldo de cultivo propicio para su búsqueda, por lo cual no le fue difícil hallar maestros cuyas enseñanzas le parecieran apropiadas para iniciarse. Después de estudiar y meditar arduamente con dos reconocidos gurús llegó a dominar prácticas sofisticadas de concentración por medio de las cuales uno se aleja gradualmente de los sentidos físicos y entra en deliciosos estados de absorción o trance. Aunque se trataba de experiencias altamente placenteras, Siddhatta se dio cuenta que todo eso se terminaba cuando salía del estado meditativo, pues pronto regresaba la insatisfacción habitual de la vida. Y a pesar de que sus maestros habían reconocido sus logros y le habían ofrecido volverse un guía para sus grupos, él llegó a la conclusión de que ese no era su camino y decidió intentar por otra vía. Se unió a un grupo de ascetas y se entregó de lleno a hacer prácticas extremas de austeridad y auto mortificación. Al pasar unos años se encontraba bastante demacrado y debilitado y la angustia no se había extinguido, entonces comprendió que así tampoco llegaría a la liberación que intuía posible.
Mientras se recuperaba de las privaciones que lo habían dejado al borde la muerte, Siddhatta reflexionaba sobre todo esto. De pronto recordó una experiencia de contemplación lúcida y relajada que había tenido de niño a la sombra de un árbol mientras observaba a su padre dirigir una ceremonia con sus agricultores. Entonces tuvo la fuerte intuición de que un estado mental así le permitiría ver con incisiva claridad las sutilezas del funcionamiento de la mente, la voluntad y las emociones, llevándole a descubrir el origen de la insatisfacción y su posible cura. Encontró un lugar aislado y tranquilo al pie de un árbol cerca de un río y con inquebrantable determinación se sentó a meditar. Fue entonces cuando descubrió la salida al dilema existencial del ser humano.
La explicación que más frecuentemente ofrecería a sus discípulos se conoce como las Cuatro Verdades que Ennoblecen: la angustia, su causa, el cese de ella, y el camino que aparta de la angustia. Sin embargo, él insistía en que no se trataba de cuatro enunciados doctrinarios que creer, sino un proceso dinámico que poner en práctica: conocer plenamente la angustia; dejar de producir sus causas; experimentar su cesación; y con la propia vida crear los caminos que nutren esta comprensión. Esta sencilla formulación aplicada sistemáticamente era la llave que había estado buscando; conella se abrían las puertas a otra manera de vivir impregnada del inconfundible sabor de la libertad.
Siddhatta estaba convencido de que esta liberación, así como la plenitud creativa y amorosa que se despertaba de ella, honraban el más elevado potencial de todo ser humano, por lo que dedicó el resto de su vida a ofrecer la llave a cuanta persona se lo pedía. La historia lo conocería como “el despierto” (Buddha) y sus enseñanzas como el Dharma.
El Buda dejó claro que veía su descubrimiento como un diagnóstico, su programa de entrenamiento como la terapia apropiada y a sí mismo como el terapeuta que la administra. El punto medular de esta terapia es un proceso de conocimiento directo que conduce a la comprensión y liberación del malestar existencial; para ello la quietud lúcida de la conciencia plena meditativa es un medio idóneo.
El tratamiento se despliega de la siguiente manera: primero hay que contactar y reconocer los indicadores mentales, emocionales y físicos que acompañan la insatisfacción. A continuación hay que dejar de producir sus causas. Esto implica tomar conciencia con impecable honestidad de cómo respondemos a cada estímulo mental o físico momento tras momento. Con la luz interna de la conciencia plena notaremos inequívocamente que el sufrimiento surge justo cuando intentamos apegarnos a cualquier objeto de la percepción: es decir, nosotros mismos lo estamos originando. Enseguida reconocemos la dinámica del apego desde su impulso inicial y dejamos de producir sus causas; es decir, soltamos lo que estábamos tratando de agarrar.
Finalmente nos familiarizarnos con este proceso y experimentamos conscientemente el desvanecimiento de la angustia que estábamos creando. El tratamiento se da en el entorno lúcido y abierto de la conciencia plena, y debe administrarse constantemente y permitir que impregne la totalidad de la vida, de manera que pensamientos, palabras y acciones colaboren orgánicamente en el proceso. |